miércoles, 10 de mayo de 2017

El juicio de la quimbumbia de Pineda Barnet

Por Rosa Ileana Boudet
narradora y crítico teatral cubana

Al fin, revisada por su autor, El juicio de la quimbumbia, de Enrique Pineda Barnet, está disponible en Amazon. Recibe una mención en el Concurso Casa de las Américas 1964 –cuando este hacía público esas selecciones–  y se ha mantenido inédita y sin representar desde entonces.
En el teatro cubano, el juicio  es una tradición como la del velorio. De la festiva acusación al danzón en el bufo El proceso del oso, de Ramón L. Morales (1882) a la diligencia judicial en La sombra, de Ramón Sánchez Varona (1937), el lector sabe que hay juicios  en Falsa alarma(1948) de Virgilio Piñera,  El caso se investiga(1957), de Antón Arrufat, El juicio de Aníbal (1958), de Gloria Parrado y en Los perorantes (1957), de Ezequiel Vieta, entre otras, por no hablar del juicio supremo, el del programa radial más popular,  La tremenda corte. En La crónica y el suceso, de Julio Matas, publicada ese año, el  Autor-personaje no puede escribir el tercer acto porque ha sido asesinado  y la Audiencia es un “tinglado” improvisado de la obra que nunca llega a terminarse.
Pero quizás ninguno tan exuberante y surrealista como el de Barnet donde el mismo lugar de la acción se difumina entre sala de justicia y hospital que hace decir/ pensar al  ESCENÓGRAFO: “ ¿Esto es la sala de un tribunal de justicia? ¿Es un hospital o es la capilla de un convento? Es una cárcel de provincia o el garito de una casa de juego?"
Si sumamos intervienen  más de setenta personajes, es un gran espectáculo que utiliza copiosos medios: desde la participación del público a la incorporación de títeres, dobles, baile, pantalla de cine para proyectar filmaciones, entre otros. 

Enrique la escribe en 1958 y la lee en el recién inaugurado Teatro Estudio, cuatro años después de su participación como actor en el montaje de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, dirigido por Andrés Castro en Las Máscaras, con un reparto formidable y escenografía de Raúl Martínez. Se dice fácil pero un comienzo así es una marca.   De esos años data su relación con la Olympia de la obra: Olga Connor (Olga Fernández Villares entonces), responsable de su recuperación actual. Las cartas intercambiadas entre Violín (Enrique) y Olympia (la enfermera lírica del texto) en la edición, recrean aspectos de esa amistad y de la obra que Olympia  sintetiza como "aspectos de la locura cubana". 
Pineda Barnet me ha enviado estas notas sobre de la pieza.
 Los jueces están juzgando un acto de revuelta, que el fiscal presenta, pero en la forma en que el autor desarrolla el juicio, hay una lentitud cruel, una ironía justiciera en los trámites y la cantidad de peripecias.
Aquí se ve la alternativa entre los leales a una causa y los que la traicionan. Hay la crueldad de jueces, fiscal y policías, pero también de lapoblación. Entre la rumba y la comparsa, se busca la justicia y la humanidad, sin que haya éxito. Lo más importante es el desarrollo, con tantas acotaciones para la escenografía y los actores que da la impresión de un filme en ciernes. Pero no hay tal, es drama purísimo, que convierte a los actores en público y al público en actores.”

Con mucho acierto, Norge Espinosa señaló en la presentación habanera del volumen, su vínculo con la experimentación de esos años. 

Era un momento en el cual el teatro cubano iba entrando de lleno en una discusión que luego estallaría de modo espectacular: ese debate entre realismo y nuevas tendencias que apelaban al absurdo, a la crueldad, al teatro documental, al surrealismo, que desató enconadas discusiones y, lamentablemente, terminó con el corte abrupto que en los años 70 desterró gran parte de lo más provocador de nuestros escenarios.
1964 es el año de Maité Vera con Las yaguas y José Ramón Brene con El gallo de San Isidro y Fiebre negra, también del estreno de Contigo, pan y cebolla, de Héctor Quintero. El momento en que  autores “de transición” reconsideran y reformulan sus presupuestos con amargo escepticismo. Carlos Felipe en Los compadres y Rolando Ferrer en Las de enfrente. Se publica Los mangos de Caín, de Abelardo Estorino y en la Casa de las Américas se realiza una mesa redonda sobre el ¿Teatro actual?  El juicio de la quimbumbia nace en esa encrucijada y plantea, fuera del teatro de cámara o el costumbrismo, retos entonces insalvables ya que los grandes montajes de los sesenta (de El baño de Mayacovski a El círculo de tiza caucasiano, de Brecht), van quedando atrás por razones fundamentalmente económicas. Pero no estoy segura de que por ese motivo haya pasado inadvertida durante estos años. 
De lo que estoy segura es que son muchísimas las obras inadvertidas y/o nunca publicadas. Soy responsable de una de estas porque cuando leí Cambula, otra obra  excelente de Pineda Barnet, preparaba una antología de obras cubanas sobre el tema de la mujer donde estaba también Ana, de Ignacio Gutiérrez y muchísimas otras. Pero la editorial canceló el proyecto y yo la olvidé. Ana se representó dirigida por Dumé. Quizás  pueda rescatar Cambula como ha hecho Olympia o las nuevas Olympias reparen en los vacíos que otros dejamos. 

martes, 11 de abril de 2017

Presentación del libro "El juicio de la quimbumbia", de Enrique Pineda Barnet.

"El juicio de la quimbumbia"
TEATRO, DE ENRIQUE PINEDA BARNET  (1961)
Mención Casa de las Américas 1964.
Presidente del Jurado Vicente Revuelta
Recomendada para su publicación por el jurado y Haydee Santamaría.
Mención Honorífica Casa de las Américas, Cuba, 1964, se publica ahora por primera vez, con la revisión de su autor.

Está basado en un juego popular de los niños de Cuba, pero aquí hay un solo niño y el resto de los casi cien personajes, muy populares, están en un salón de justicia o quizás dentro de un hospital. Los jueces están juzgando un acto de revuelta, que el fiscal presenta, pero en la forma en que el autor desarrolla el juicio, hay una lentitud cruel, una ironía justiciera en los trámites y la cantidad de peripecias.
Aquí se ve la alternativa entre los leales a una causa y los que la traicionan. Hay la crueldad de jueces, fiscal y policías, pero también de la población. Entre la rumba y la comparsa, se busca la justicia y la humanidad, sin que haya éxito. Lo más importante es el desarrollo, con tantas acotaciones para la escenografía y los actores que da la impresión de un filme en ciernes. Pero no hay tal, es drama purísimo, que convierte a los actores en público y al público en actores. 

LE INVITAMOS A LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
EN “FRESA Y CHOCOLATE”  Calle 23 entre 10 y 12 La Habana, Cuba. 
EL PROXIMO JUEVES 13 DE ABRIL  DE 2017, A LAS 11 AM
POR NORGE ESPINOSA, 
JUNTO A OLGA CONNOR Y ENRIQUE PINEDA BARNET

jueves, 9 de marzo de 2017

MARZO ES UN MES DE CONMEMORACIONES DEL CINE CUBANO,


HOY NOS REUNIMOS PARA VOTAR, AL FIN,POR EL PREMIO NACIONAL DE CINE 2017
Y HA RESULTADO:

RAUL RODRIGUEZ CABRERA

Y TAMBIÉN HEMOS LOGRADO 4 PREMIOS EXAEQUOS:

MAGALY POMPA
VIOLETA COOPER
HILDA ROO
PACO PRATS

LA FELICIDAD QUE OTORGA HACER JUSTICIA, NOS BAÑA DE ALEGRÍA.

enrique pineda barnet
la habana, 9 de marzo de 2017

lunes, 2 de enero de 2017

YA ES EL 2017,

SEAN FELICES, SEAMOS FELICES, HAGAMOS FELICES A LOS DEMÁS,
TENDER PUENTES SIEMPRE ES HERMOSO. DERRIBAR MUROS ES CONSTRUCTIVO.

enrique pineda barnet
La Habana, 1 de enero de 2017

viernes, 30 de diciembre de 2016

Enrique Pineda Barnet: “Cuando me discuten me fascina”


Por Darcy Borrero
29 de diciembre, 2016
Desde el último balcón de un edificio habanero, un letrero anuncia, en mayúsculas, que ahí vive Enrique Pineda Barnet. El cartel le añade color a la leyenda de un hombre que colocó a Cuba después de 1959 en la historia de los Oscar. La Bella del Alhambra (1989), aunque en su tierra no consiguió los esperados corales (Mejor largometraje y Mejor actuación femenina) y tuvo que contentarse con el de música y el de escenografía, resultó ganadora del Goya en Mejor película extranjera.
“Y todo eso provocó también envidias, rivalidades”. Sucedía, a juicio de Pineda Barnet, “lo que los viejos sabios me habían dicho muchos años atrás, al ganarme el Premio Nacional de Literatura Hernández Catá en 1953. Los que eran mis amigos se volvieron mis enemigos, mis contrincantes. Como me habían advertido los viejos sabios que entonces componían el jurado del Hernández Catá [Juan Marinello, Don Fernando Ortiz, Raymundo Lazo, Jorge Mañach]: cuando uno está en baja, todo el mundo le pasa la mano, le coge lástima; pero cuando uno gana una victoria, ya es más difícil aplaudirte. Celebrar tu victoria es más difícil y los que lo hacen son tus verdaderos amigos”.
A partir de 1989, la relación entre el cineasta –que había sido el primer maestro voluntario en la Sierra Maestra antes de la campaña de alfabetización, interventor de industrias, diplomático acompañante del Che en Punta del Este– y el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) se volvió tensa. El lugar donde le ofreció trabajo Julio García Espinosa a comienzos de la Revolución Cubana y que, sin embargo, él no creía merecer, dejó de sentirse como hogar en la década del 90.
Desde entonces, veintisiete años y un puñado de películas han transcurrido (Angelito mío, 1998; La Anunciación, 2009; Verde verde, 2010, y algunos cortos). “Y ahora, en el 38vo Festival de Cine, me anunciaron que me iban a dar el Coral de Honor por la obra de la vida. Dije: ‘es el momento de resarcir, de curar las heridas que se hicieron antes’. Puse mi condición inmediatamente: ‘Yo voy a recibir el premio si me lo entrega Beatriz Valdés’, y el Festival invitó a Beatriz. Fue un regalo. Son satisfacciones inmensas porque en aquel momento cuando se le negó el Coral a la Mejor actriz, el público pidió justicia a coro y Beatriz, con los ojos aguados, dijo: ‘No se preocupen, todos ustedes son mis corales’. Ahora estamos sanando una herida de veintisiete años y eso nos sirve de consuelo, hoy que seguimos cometiendo errores, que seguimos haciendo leña del árbol caído, de la gente buena, brillante, que existen celos, envidias, persecuciones, censuritas, y todo tipo de cosas mediocres del ser humano que un día se resarcirán, un día decidirán los corales”.
Usted habla de censuras y persecuciones. ¿Cuál es su criterio en relación con las polémicas que ha generado la censura del largometraje Santa y Andrés?
Me parece una película extraordinaria, revolucionaria de verdad, digna, patriótica. Cuando la gente quiere ver mal, ve mal. Cuando la gente quiere generar intriga… lo hace. Ahí no hay nada. Hay que ver la película como lo que es: un acto revolucionario desde el arte, de denuncia de un momento. Además, los realizadores son dos jóvenes muy revolucionarios, muy limpios, incapaces de hacer algo que dañe la Revolución, a tal punto que se han negado a crear una atmósfera negativa. No, ellos quieren defender la película, pero desde posiciones de la Revolución.
En ese sentido, ¿cómo valora la gestión del ICAIC, teniendo en cuenta que las demandas de los cineastas a veces se extienden más allá de los marcos de la institución, a productoras independientes?
¿Y una productora independiente es un más allá? Yo no creo que una productora independiente sea un más allá. Hay muchas cosas que tienen que ser independientes para poder desarrollarse. Si ahora yo tengo que asociarme a una institución para escribir un poema… qué tontería. Hay cosas elementales.
Sí, pero a diferencia de la literatura, que es un arte que se produce en solitario, el cine funciona como industria, requiere de dinero y de equipamiento…
Por eso, si tú no encuentras un productor independiente que te dé plata, no puedes hacer la película. Yo creo que tenemos muchas instituciones alrededor nuestro, simpatizantes incluso de la Revolución Cubana que están dispuestas a ayudar, a apoyar nuestro cine.
¿Usted diría que ese es un fenómeno nuevo?
No, eso es más viejo que yo. ¿Qué hemos hecho con Televisión Española, con Ibermedia, con otros?… Con los únicos que no hemos hecho coproducciones es con los de la industria de Hollywood.
Sin embargo, algunos cineastas recurren a productoras independientes o crean sus propias productoras porque a veces no consiguen el amparo necesario de la industria cinematográfica cubana. ¿Qué opina sobre una Ley de cine que incluya a esas productoras?
En todas partes o dondequiera que haya un cine desarrollado, serio, tienen su Ley de cine. Hace falta una Ley de cine para promover el cine cubano, para que vengan productores a dar, a poner dinero en el cine. Eso es lo que desarrolla una cinematografía.
En Cuba existen regulaciones que de alguna manera sirven como lineamientos para regir la producción cinematográfica…
Pero claro, eso es elemental. Si voy a hacer una casa, tengo que saber cómo hacerla, las bases. Todo tiene sus leyes, todo debe tener sus leyes, sus regulaciones…
¿Considera que aquí están lo suficientemente explícitas?
Yo no te sé decir, ya yo me cansé de oír el mismo bla bla bla hace muchos años. Ya no tengo ganas de oír. Tienen que acabar de hacer la Ley de cine y punto. Hay mucha gente que sabe cómo hacerla.
¿Nos ofrecería una especie de top de las películas cubanas más importantes del cine contemporáneo?
Cada cual en su tiempo y en su época. A mí me parece que son imprescindibles películas que ya hemos visto, que mencionamos siempre, como Memorias del subdesarrolloLucíaMemoria del agua. Directores como Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás, y otros muy silenciados que han muerto casi en el anonimato… Oscar Valdés, Sara Gómez –una de las mujeres iniciadoras–, Nicolás Guillén Landrián –de mucho talento, muy experimental, y que lo tildaron de loco.
Hubo épocas de películas que se hicieron extraordinarias por lo perseguidas que fueron, como Alicia en el pueblo de las maravillas. A veces el favor más grande que le hacen a una película es prohibirla porque entonces inmediatamente ese sabor atrae.
Pasa como en el amor, ¿no?
Sí, como cuando papá te dice no, pero te aferras y dices que ese hombre sí… De las películas más contemporáneas, me parece que las dirigidas por Daranas son muy buenas, las de Fernando Pérez son interesantes. Últimos días en La Habana es una película dura, muy dura, que hace quince años hubiera sido censurada. Las cosas cambian. Fresa y Chocolate abrió un camino para hablar de un cine diferente, de las diferencias, de la sexualidad. ¿Quién iba a hablar hace algún tiempo de la homosexualidad en el cine cubano? Yo mismo hice Verde Verde hablando sobre la homofobia, dura y fuerte. Y nada, ya hoy no es nada.
Es perceptible una saturación de esas temáticas en el cine cubano, ¿cómo lo ve usted?
A veces se peca de exceso de aburrimiento porque todo lo que se reitera demasiado, aburre. A mí no me gustan las cantaletas políticas, moralistas ni tampoco las cantaletas exhibicionistas.
Ahora estoy planteándome una película con el cineasta Carlos Barba Salva (Mi Virgen de la Caridad, Selección Oficial de Guión Inédito en el 36to Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana 2014) que tiene mucho de musical, pero también de drama, tiene de todo. No me gusta casarme con una temática ni con un estilo. Es mi virgen de la Caridad, mi visión. Los protagonistas son Beatriz Valdés y Héctor Noas, que todos dicen que es mi actor fetiche. Y no es que lo sea. Primero, lo quiero mucho, es como un hijo para mí, y es un actorazo, de una versatilidad increíble. Ahora está interpretando a un cosmonauta ruso en el espacio. Le traquetea…
Mi Virgen de la Caridad es la historia de una devoción, una devoción ciega, consciente, convertida en pasión, en decisión, en lucha. Ya tengo el afiche, de Nelson Ponce. Un afiche precioso.
Resulta innegable su influencia en varias generaciones de cineastas. ¿Qué es lo más agradable de eso para usted?
Cuando me discuten me fascina, porque me discuten y me enseñan. Es saludable, a mí no me gusta el sí sí sí a todo. No. Me parece que el que le dice sí a todo muchas veces te está perdonando la vida. Quiere halagarte. Me gusta que la gente me diga “pero…”. Eso me hace pensar, me obliga a analizar, discutir.
***
Ha hablado un Pineda Barnet puente entre generaciones, criterios, y todo cuanto haya de diverso en el mundo. Un Pineda Barnet que no esconde su morada y que mantiene las puertas abiertas –incluso para visitas como esta– aun cuando su nombre está estampado desde 1989 en la historia del cine.
Antes de que me vaya, saca un álbum de fotos y me las muestra. En algunas aparece dirigiendo, en otras actuando, o sencillamente viviendo la vida desde distintos roles. La luz se filtra desde el balcón y otra cámara atrapa este instante en una fotografía. Él sonríe.
Fuente: OnCuba

jueves, 22 de diciembre de 2016

Coral de Honor: el rescate de la esperanza

Enrique Pineda Barnet, Coral de Honor 38 Festival Habana
Enrique Pineda Barnet, ese grande del séptimo arte, quien acaba de recibir el Coral de Honor del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano por la obra de la vida, continuaría el legado familiar, pero al ganador del premio Goya por ese clásico nombrado La Bella del Alhambra (1989) le esperaban caminos distintos, y gloriosos
José Luis Estrada Betancourt 
18 de Diciembre del 2016 0:37:48 CDT
A él, que desde que era un crío había sido, según ha confesado, un mirahueco, un rascabuchador de la vida —de ahí su afición por el cine, dice—, no hubo quien lo hiciera mirar por el lente de aquel microscopio que le llevaron de regalo. Todos tenían puestas sus esperanzas en que Enrique Pineda Barnet, ese grande del séptimo arte, quien acaba de recibir el Coral de Honor del 38 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano por la obra de la vida, continuaría el legado familiar, pero al ganador del premio Goya por ese clásico nombrado La Bella del Alhambra (1989), le daba pánico con solo pensar que el anhelo familiar pudiera hacerse realidad.
La verdad es que si se miraba fríamente era lo que tocaba: su tío-abuelo, Enrique Barnet, había sido un destacado científico —colaboró con Carlos J. Finlay en el descubrimiento del agente transmisor de la fiebre amarilla—, mientras que otro hermano suyo llegó a trabajar con Tomás Romay. «Mi abuelo inventó una fórmula anticatarral, en tanto mi padre, quien se divorció de mi mamá y de mí, también se convirtió en médico», contó a Juventud Rebelde el coguionista del aplaudido Soy Cuba, el mismo que decidió adoptar el apellido de su mamá: ese ser visionario y lleno de amor que le obsequió una guitarra.
Para regocijo de la cultura cubana y universal, desde temprana edad el pequeño Pineda Barnet sintió una pasión infinita por el arte, que desembocó finalmente en el mundo del cine, pero que lo llevó a entregarse sin resistencia al teatro y a la radio, donde realizó su primer gran recorrido; a la literatura, las artes plásticas, la música, la danza... «Mi madre, que siempre fue muy inteligente y tuvo una conciencia de mí extraordinaria, comprendió que yo no iba a ser científico y me regaló una guitarrita barata, con la que di serenatas a todas las niñas de mi barrio, porque por ahí andaba la cosa», rememora el principal homenajeado de la jornada de clausura del 38 Festival.
«El festival y su dirección ha tenido la inteligencia, la bondad y la capacidad política de cicatrizar una herida de hace 27 años, cuando se privó del premio de actuación a Beatriz Valdés por La Bella del  Alhambra, a pesar de que el público no dejó un instante de pedir justicia. Con este Coral de Honor que se me acaba de entregar ha quedado demostrado que cada vez que se resarce un error se está llevando adelante un acto de justicia», le comentó a este diario el incansable creador.
«El Coral de Honor ha significado para mí el rescate de la esperanza. Eso es lindo. Estoy conmovido, y Beatriz también. Es un reconocimiento que abarca a      todos los cineastas del país y a todos los cinéfilos porque todos han sido mis corales», apuntó este hombre vivazmente octogenario, quien anda involucrado en un proyecto con uno de sus alumnos, Carlos Barba SalvaMi Virgen de la Caridad.
. Se trata de
«Será un drama musical que nada tendrá que ver con La Bella... Lo protagonizarán Beatriz Valdés y Héctor Noas, quienes con sus respectivos personajes se trasladarán a finales de 1958, poco tiempo antes del triunfo de la Revolución. Ella interpretará a una cantante de boleros llamada Virgen que seducirá a un joven en un cabaré de mala muerte, bajo la vigilancia de Johnny, el proxeneta que defenderá Noas», nos adelanta, y sus ojos le brillan porque el cine lo llena de felicidad.
Es un amor que nació en su niñez, «cuando con tres años miraba las películas y me quedaba fascinado con los personajes. Hasta en mis juegos yo hacía películas. En una ocasión me obsequiaron una profusión de soldaditos de plomo con sus castillitos de cartón, pero nunca los utilicé para hacer pum pum, sino que montaba un gran show: les ponía ropas y los bajaba por las escaleras cantando. ¡Creaba tremendos musicales!», narra con una sonrisa en sus labios.
Años después no solo realizaba su mayor sueño, sino que nos entregaba obras que perduran en el tiempo y que él conserva en un lugar especial dentro de sus recuerdos. Ese es el caso de David, que tanto lo marcó. «Me sedujo mucho la personalidad tremenda, mágica y paradójica de Frank País: un joven, demasiado joven —tenía mi misma edad—, y yo en la película lo estaba tratando como un contemporáneo. Empecé a encontrar en él lo que yo hubiera sido o, más bien, lo que yo hubiera querido ser. El personaje de Frank País me volcó y me hizo cambiar no pocas cosas de mí mismo».
También Giselle dejó en Enrique una huella importante. «En esa película tuve que convertirme en maestro de los bailarines, enseñarles actuación para cine. Y eso fue hermosísimo, pues me dio la dicha extraordinaria, el privilegio de tener de alumnas a las Cuatro Joyas y, de enseñar y sobre todo aprender, de Alicia y Fernando. Me da un poco de pudor decir esto, pero me parecía increíble que pudiera trabajar con estas personalidades y con aquellos que más tarde se convirtieron en joyas, porque ese joyero es enorme».
Puesto a hablar de satisfacciones, tampoco pude dejar de mencionar el aporte que significó en lo profesional dirigir, por ejemplo, a Raquel Revuelta y a Armando Bianchi en Aquella larga noche, «esos extraordinarios actores que habían sido mis papás en los primeros programas de radio que hice; como mismo en Mella me tocó asumir esa responsabilidad ante aquellos que fueron mis maestros en Teatro Estudio: Sergio Corrieri, Enrique Santiesteban, Armando Soler, René de la Cruz, Ángel Toraño... Igual me sucedió con Pedro Reintería y Salvador Wood en Tiempo de amar. A veces digo: a mí se me ha olvidado morirme. Todo el mundo me va pasando. Escribí un cuento que se llama Ella dio al desmemoriado (un homenaje martiano), donde hablo sobre ese juego malévolo del destino...», afirma quien aún conserva en un sitio muy especial la jícara donde su abuelo, que había sido mambí y corneta de Máximo Gómez, tomaba café.
Su creatividad inagotable también se puede rastrear en Soy Cuba, la primera y única película filmada entre Cuba y la ex URSS, que en la actualidad es objeto de culto, pero cuando se estrenó fue muy incomprendida. Enrique lo explica con el poder que tiene «la magia del tiempo. Si bien dentro de la lata de la película no entraron hormiguitas para cambiarla, cuando uno la destapa decenas de años después se percata de que son las hormiguitas de uno las que están distintas. Es uno el que ha cambiado, la vida ha cambiado, las perspectivas de las cosas también, y uno ya no mira igual. Ahora Soy Cuba dice nuevas cosas y dejó de decir otras. La magia está en eso, en el tiempo».
Sin duda, aunque existieron otras, La Bella del Alhambra ha sido el gran musical cubano...
—Antes y después de la existencia del Icaic hubo cine musical en Cuba. Antes está Romance del palmar, la imagen de Rita Montaner; después, Cuba baila,  Nosotros la música, Suite YorubaPatakín... Pero La Bella... —pongámonos vanidosos— culminó una experiencia. Todas estas películas fueron escalones que recorrí, las estudié, las analicé. La Bella... era una deuda que teníamos con el público cubano, y logró un enganche popular muy fuerte. Todavía lo tiene. Siempre se recibe con la misma frescura.
Ha sido fundador de muchas cosas: de la Uneac, de Teatro Estudio, de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo...
—Te confieso que nunca me ha gustado tener el número uno. No tengo ningún empeño en ser primero de ninguna cosa. En todos esos eventos e instituciones siempre he sido una parte, pero nunca he estado en un lugar primigenio. No me siento cómodo en ese papel. Sin embargo, me place estar en primera fila, porque veo mejor; o de lo contrario, muy alto para mirar desde arriba y proyectarme.
«Pasa el tiempo y a veces uno mismo no tiene la medida exacta y precisa de lo que está ocurriendo en el momento en que lo está haciendo. Eso se alcanza con los años. Cuesta el tiempo para saber que estabas en el instante en que eras un sencillo puntico en un lugar, que luego se convirtió en un espacio significativo».
—Ha dicho que la pedagógica fue un descubrimiento tardío...
—Efectivamente. Fue una vocación que apareció a los 20 años. Yo estaba seguro de que sería artista; de hecho, lo hice saber, lo impuse en mi casa, pero desconocía que era maestro. Y ese hallazgo para mí fue algo superior. No es que sustituya mi tarea de creación, es que el magisterio también lo es.
—Asimismo ha afirmado que tender puentes ha sido su vida…
—No me caben dudas de eso. Ahora que hablo de magisterio te cuento que me encanta preguntar a mis alumnos por sus nombres, pero no me interesa saber el que le pusieron sus padres y que olvidó fácilmente, sino ese que llevan como energía interior, ese verbo activo permanentemente que habita dentro de cada cual: amar, crecer, vivir, partir, tener, abrazar... Y mi verbo es puentear: vivo para reunir territorios, personas, amores, afectos, familias. Vivo para acercar no para distanciar; para tender puentes, no para levantar muros.